Hasta ahora no me había pronunciado sobre la CRISIS (así, en general), entre otras cosas, porque ya lo hacen los demás, porque es más de lo mismo y porque quizás, de forma práctica y real, yo esté en una situación privilegiada (manda huevos) como para quejarme.
Pero me quejo. Me quejo porque me niego a aceptar que en tiempos de crisis hay que apretarse el cinturón y acarrear con lo que venga. Porque me niego a conformarme con lo que tengo porque no es momento de pedir. Porque me niego a pensar que el inmovilismo en el que estamos sumergidos no me va a dejar ir hacia ningún lado. Porque me niego a seguir conformándome con lo que hay. Porque me niego a estar siempre haciendo lo mismo a costa del conformismo de todos los demás (y quizás del mío propio, eso me da un poco más de miedo). Porque me niego a que se sigan riendo de mi, de nosotros y de todos los demás.
Es una pena, es muy triste y sólo de pensarlo me ahogo un poco por las mañanas. Intento ser una autómata cuando me levanto. Me ducho, desayuno escuchando las noticias- realmente lo que me interesa es saber el tiempo que hará hoy y qué debo ponerme-, me visto, me medio-maquillo para estar aceptable, cojo la comida que me preparé la noche anterior y salgo de casa. Un libro en el metro (el de ahora por lo menos me tiene enganchada, Juntos nada más, de Anna Gavalda) y llegar. Y me ahogo. No me ahogo por pensar en lo que tengo que hacer, en el inmovilismo absoluto y aterrador del resto del día, me ahogo porque parece que tengo que conformarme durante bastante tiempo con ello. Y uff… me falta el aire.
Pero luego están a los que despiden. A los que les cierran las empresas y se quedan sin nada. Y dentro de mi sector más, claro. Y entonces te tienes que conformar para no ser uno de esos que se empiezan a ahogar. Pero de verdad.
Ocurre que de eso se valen. Del conformismo de ‘nosotros afortunados’ que tenemos trabajo en nuestro sector, en nuestro ámbito y de forma estable. Conformarse. Así nos va la cosa.